“Una emoción enfermó a mi hija y otra la ayudó a curarse” (10)

Tengo 45 años, pero me siento mejor que a los 20; luchar junto a mi hija Sofía me hace crecer sin envejecer. Nací en Córdoba y vivo en Sitges. Estoy casada con Marisa y tenemos dos hijas maravillosas. Creo que hay más de lo que vemos y nos explican. En política prefiero sumar a dividir

Foto: INMA SAINZ DE BARANDA

Conocí a mi mujer, Marisa, hace 19 años, y –tras siete de relación– decidimos casarnos y formar una familia.

¿Por qué decidieron que fuera usted la madre?

Madres somos las dos, pero elegimos que yo fuera la biológica, porque Marisa es diez años mayor que yo y, además, tiene responsabilidades empresariales y viaja mucho.

¿Cómo escogieron al padre?

Mi cuñado se ofreció como donante, pero preferimos que nos lo brindara la clínica sin llegar a conocerlo nunca. Y aún creemos que fue la mejor decisión.

¿Por qué?

No sientes lo que ignoras y, si nuestras hijas no conocen a su padre biológico, tampoco lo echarán en falta. Intentamos una inseminación tres veces sin éxito y, después, una in vitro, con la que a la primera conseguimos tres embriones: me implanté uno y congelamos los otros dos. Y, por fin, nació María…

Enhorabuena.

…Guitart, porque también estábamos de acuerdo en que llevara el apellido de Marisa. Hoy María es una niña estupenda, que ahora cumplirá los trece años.

…Estupendo.

Tanto, que Marisa y yo decidimos tener otro hijo con uno –no quisimos mellizos– de los otros dos embriones. Pero esta vez el parto no fue nada fácil. Tuve pérdidas y sufrí mucho hasta que nació Sofía.

¿Por qué fue tan complicado?

Y aún faltaba el susto serio. Lo tuve cuando la cardióloga diagnosticó a Sofía una tetralogía de Fallot, una cardiopatía congénita, que, en su caso, se manifestó en desplazamiento de la aorta y comunicación –un agujerito, le digo yo a la niña– entre los dos ventrículos.

¿De quién la heredó? ¿Del padre?

Suponemos que sí, porque yo no tengo ningún antecedente familiar, pero ante los problemas de mi vida yo nunca he buscado culpables, sino soluciones.

¿Las encontró?

La doctora quiso esperar tres meses para operar y nosotras decidimos no esperar con los brazos cruzados. Yo había leído mucho sobre terapia emocional y quise ayudar con ella a mi hija sin dejar de seguir, además, todas las instrucciones médicas. Se lo consulté a la doctora de Sant Joan de Déu y a ella le pareció bien.

¿En qué consistió su terapia?

Las cardiopatías están relacionadas con el sentimiento de rechazo. Deduje que toda la angustia del embarazo y mis comentarios negativos habían sido somatizados por Sofía durante su gestación en respuesta a todo ese rechazo. Recuerde, además, que había estado congelada durante ocho años.

Pero entonces era sólo un embrión…

Era un ser vivo. Creo que, en cualquier caso, esa emoción había acabado por afectarle hasta manifestarse en su grave cardiopatía.

¿No será que se siente usted culpable?

De lo que estaba segura era de que haría todo lo posible y lo imposible para salvarle la vida a mi hija. Su otra madre y yo nos turnábamos para hablarle con todo nuestro cariño día y noche: “Te queremos, Sofía, eres una niña muy deseada y muy querida, eres la niña más sana y fuerte del mundo”. Además, la visualizábamos como una niña sana.

Sólo dos meses después, pudimos comprobar que su cuadro había mejorado enormemente y que ya no había que operarla.

Tal vez el diagnóstico no había sido exacto o quizá hubo otros factores…

En cualquier caso, seguimos dándole y expresándole nuestro amor continuamente. Sofía fue mejorando, pero, un año después, tuvo un desvanecimiento, le diagnosticaron síndrome de Jarcho-Levin: le faltaban cuatro costillas derechas y tres izquierdas.

¿Sofía sufría?

Respiraba mal, pero nunca la tratamos como a una niña enferma sino como a una personita, nuestra hija, junto a la que afrontaríamos sus problemas. Y se lo demostrábamos. Seguíamos con la terapia emocional: quererla a mansalva y decírselo a todas horas. Por fin, la operaron –no había otra opción– y le corrigieron la arteria subclavia y le pusieron un parche en el orificio interventricular, que ya se había ido estrechando por sí solo.

¿Cómo está ahora Sofía?

En las últimas pruebas, la doctora le dijo cariñosa: “Sofía, no sé qué te está haciendo la bruja de tu mamá, pero que lo siga haciendo”. A sus tres añitos, es alegre y parlanchina y lleva una vida normal. Y yo la veo mejorar cada día, pero seguimos con la terapia emocional para que no le afecte el Levin.

Tiene unas mamás muy luchadoras.

La actitud por sí sola no acaba con los problemas, pero es el principio de la solución. Creo que las emociones nos influyen y no sólo en nuestra psique, sino también de forma directa en nuestro cuerpo.

Las suyas no puede ser más positivas.

Con Sofía he aprendido y he leído muchísimo: hemos crecido juntas frente a la enfermedad. Por eso escribí El parche mágico, para contar nuestra historia. Escribirlo fue un reto. Yo no pude ir a la universidad, porque en casa éramos siete hermanos de familia humilde en Córdoba. Ahora quiero aprender y enseñar a escribir mejor junto a mi hija.

 

Si la pequeña Sofia ha heredado la determinación de sus mamás, nos deparará días de gloria. Porque mamá Concha, dulce y empática, es una mujer de las que primero aman y luego preguntan. Quiere crecer pero para poder dar más, lo que la convierte en señora de múltiples lecturas y cultura autodidacta, tan original como desacomplejada. Con ella -y toneladas de fe- planta cara a las graves dolencias congénitas de Sofía, que mejora gracias a la fuerza del cariño de sus madres, administrado en terapia emocional junto a buenos cuidados médicos. Su cardióloga, Georgia Sarquella Brugada, prologa El parche mágico, libro solidario donde la fuerza del cariño no acaba siendo un cuento.

 

Fuente: La Vanguardia (19 Sep 2015)

LLUÍS AMIGUET

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